Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa
A las diez en punto, Agatha entró en el dormitorio de Helen con la inquietud marcándole el paso. La joven aún dormía profundamente, ajena al mundo. Al descorrer las cortinas, Agatha se quedó gélida: frente a la casa, un coche negro custodiaba la calle. En su interior, dos desconocidos apuraban el contenido de unos vasos blancs. «Quizá Helen no desvariaba con sus historias de espías», murmuró para sí. ¿En qué clase de intrigas andaría metido Lord Leonard?
—¡Arriba, dormilona! —exclamó Agatha, regresando al pie de la cama. —Déjame... —protestó Helen entre sábanas—, apenas he pegado ojo.
Tras comprobar que Sharon también dormía —seguramente tras una noche de confidencias y travesuras—, Agatha inundó la estancia de luz y bajó al salón. Allí, impecable en su traje de raya diplomática y su eterna pajarita de lunares, Lord Leonard la esperaba como una estatua de elegancia. —¿Es que esas dos no piensan bajar a desayunar? —preguntó él, con una frialdad que contrastaba con el sol de la mañana.
—No las espere, milord. Duermen como troncos; seguro que anoche se les fue el santo al cielo charlando —comentó Agatha con una sonrisa cómplice antes de enfilar hacia la cocina. —Puede que sea así, pero me alegro —respondió él, aunque su mente ya empezaba a perderse entre legajos y sellos oficiales.
Mientras Lord Leonard se sumergía en sus asuntos de Estado, el servicio —Remedios, Betty y Brilliz— entraron en el comedor de criados. Peel ya presidia la mesa con su habitual rigidez cuando Agatha, impaciente ante la parsimonia del grupo, rompió el aire con un palmetazo seco.
—¡Siéntense de una vez antes de que el estofado se enfríe más que el corazón de un prestamista! —sentenció Agatha, fulminando al grupo con la mirada mientras se limpiaba las manos en el delantal—. ¿Creen que el tiempo se detiene porque el señor esté ocupado con sus legajos y sellos oficiales?
Peel, impasible, se ajustó la chaqueta y comenzó a afilar el cuchillo de trinchar, ignorando el drama habitual de la cocinera. El aroma a estofado de buey y pudín de sebo llenaba el comedor de techos bajos, un contraste terrenal con el refinamiento silencioso de la planta de arriba.
—Remedios, deje de soñar despierta; Betty, enderece ese delantal, que parece que viene de una pelea; y Brilliz, si vuelve a arrastrar los pies de esa manera, pensaré que tenemos una alma en pena en el sótano —ordenó Agatha, dejando caer una montaña de puré sobre el plato del mayordomo—. Coman rápido, que los platos de Lord Leonard no se van a lavar solos cuando termine lo que está haciendo.
Peel hizo amago de incorporarse para imponer orden, pero la mano firme de Agatha sobre su hombro lo devolvió a la silla de un golpe seco. Ella tomó asiento frente a él, clavándole una mirada cargada de intención.
—Y bien —dijo el mayordomo, entornando los ojos mientras recuperaba la compostura—. ¿Qué historia traes hoy entre manos para estar tan mordaz, Agatha?
El tintineo de los cubiertos se detuvo en seco cuando una voz temblorosa cortó el aire.
—¿Podemos hablar? —soltó Brilliz. Su voz sonó pequeña, casi ahogada por el peso del techo bajo.
Peel abandonó su posición de hierro y suavizó el gesto. Dejó el cuchillo de trinchar sobre la mesa y asintió con una solemnidad casi paternal, esa que solo reservaba para los muros del sótano.
—Desde luego —respondió—. Aquí abajo somos una familia, Brilliz; estamos para sostenernos cuando el piso de arriba pesa demasiado. ¿Qué te ocurre? ¿Es que no te sientes a gusto entre nosotros?
Agatha dejó de servir el puré y apoyó los codos en la mesa, escrutando a la joven. El silencio en el comedor de criados se volvió denso, a la espera de una confesión que amenazaba con enfriar el estofado definitivamente.
—Me siento bien, es una casa tranquila —respondió ella, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde del mantel—. Lo que no me gusta es ese coche. Siempre está ahí, apostado frente a la puerta. No sé si nos vigilan o si...
—Eso son imaginaciones tuyas —la cortó Peel con un gesto de desdén, volviendo a su plato como si quisiera enterrar el tema bajo el puré.
—¡No es cierto, no me lo invento! —insistió ella. La voz se le quebró en la garganta, una nota aguda que hizo que Remedios y Betty dejaran de masticar—. Lleva tres días ahí. El mismo motor apagado, los mismos cristales oscuros. Acechando.
Peel clavó el tenedor en la carne con más fuerza de la necesaria. Agatha, que no le quitaba ojo, notó cómo la mandíbula del mayordomo se tensaba, revelando que, tal vez, él también lo había visto.
—Brilliz tiene razón —añadió Remedios, bajando la voz como si las pareces pudieran oírla—. Yo también lo he notado. Es más, cuando salgo a hacer los recados, siento que me pisan los talones.
Peel soltó una risa seca, un chasquido carente de humor que cortó el aire del comedor.
—Remedios, te estás volviendo una paranoica —la sentenció, sin levantar la vista de su plato—. Londres está plagado de coches negros y hombres con prisa; lo vuestro es pura sugestión.
—¿Sugestión? —intervino Agatha, dejando el cucharón sobre la mesa con un golpe seco—. El miedo no se inventa un motor en marcha a medianoche, Peel. Si la muchacha dice que la siguen, es que hay ojos donde no debería haberlos.
—No soy ninguna paranoica —replicó Remedios, sosteniéndole la mirada al mayordomo con una firmeza que no le conocían—. El otro día, en el mercado, estaba segura de que un hombre me pisaba los talones. Entré en el pub de una amiga y le pedí que vigilara mi cesta mientras yo me alejaba un poco. Ella vio cómo el tipo se agachaba junto a la compra fingiendo atarse los cordones. Me dio tanto miedo que volví en taxi. Y cuando llegué a casa y revisé la cesta… encontré esto.
Remedios rebuscó en su delantal y depositó una mota oscura sobre el mantel inmaculado. Agatha se inclinó hacia delante, con la vista fija y la mandíbula tensa, mientras el aire en la sala parecía espesarse ante la mirada atónita del servicio. Peel dejó a un lado el tenedor, tomó el objeto con una delicadeza quirúrgica y lo giró lentamente bajo el resplandor de la lámpara.
—Un micrófono —dijo, con un tono ensombrecido por la sospecha—. Inútil, está destrozado.
—Pensé que alguien se estaba tomando demasiadas molestias por escucharnos —continuó Remedios con una chispa de orgullo en la mirada—, y no iba a consentirlo. Así que grité: «¡Vaya, un bicho en la lechuga!». Y lo aplasté con todas mis fuerzas. Si alguien estaba al otro lado, pensará que lo rompí por accidente, sin saber qué era.
Peel asintió, impresionado por la sagacidad de la mujer.
—Bien hecho, Remedios. Si me lo permites, me quedaré con el aparato para enseñárselo al Señor.
Mientras el resto comentaba la jugada, Agatha se percató de que Betty permanecía estática, con la mirada perdida en algún punto difuso de la cocina. Su silencio pesaba más que las palabras de las demás.
—Betty —la llamó Agatha, captando la atención del grupo—. Es obvio que te pasa algo. Estás demasiado callada. ¿A ti también te han seguido?
Betty tragó saliva, nerviosa.
—No sé si debería decir nada...
—¿Qué dices, mujer? —insistió Peel, suavizando el tono—. Te lo repito: aquí abajo somos una familia y nos protegemos. Confía en nosotros, suéltalo de una vez.
Betty tomó aire, jugueteando nerviosa con el borde de su delantal antes de empezar:
—Sucedió hace tres días, en mi tarde libre. Freddy vino a buscarme y, apenas empezamos a caminar, notó que algo iba mal. Un hombre nos seguía a corta distancia y aquel coche negro avanzaba a nuestro paso, como una sombra metálica. Freddy se puso tenso; llegó a preguntarme si me estaba burlando de él, si aquel tipo era algún pretendiente. Le juré que no lo conocía de nada.
Betty hizo una pausa, recordando el miedo de aquella tarde.
—Para forzar la situación, nos desviamos por un callejón y fingimos ponernos románticos. El tipo intentó pasar de largo, pero en cuanto estuvo a tiro, Freddy lo agarró por las solapas y lo estampó contra la pared. «¡Habla ya!», le exigió. El hombre, casi sin aire, preguntó si yo era la criada de Helen Spencer. Cuando asentí, soltó el mensaje: «Nos pondremos en contacto pronto; prepara el paquete».
Las mujeres en la cocina se miraron, pálidas. Betty continuó, con la voz quebrada:
—En ese momento apareció un segundo hombre. Freddy me gritó que corriera, que buscara un taxi y no mirara atrás. Lo hice, pero al girarme vi cómo los dos se ensañaban con él. Freddy se defendía como un león, derribó a uno, pero el otro sacó una barra de hierro y se dispuso a golpearlo por la espalda. Entonces, de entre la niebla, surgió una cuarta figura. Fue un visto y no visto: un golpe certero y el atacante cayó al suelo como un fardo.
Betty levantó la mirada y señaló directamente al final de la mesa.
—Ese hombre, el que salvó a Freddy... era Peel.
Las mujeres clavaron sus ojos en el mayordomo, mudas de asombro. Las preguntas se agolpaban en sus mentes, pero nadie se atrevía a romper el hechizo. ¿Qué hacía Peel en aquel callejón? ¿Por qué se movía como un fantasma entre la niebla?
—No quiero que pienses que soy una desagradecida —continuó Betty, rompiendo el silencio—. Aprecio de corazón lo que hiciste por Freddy. Pero te marchaste tan rápido como llegaste, camuflado por la oscuridad, sin darme tiempo a darte las gracias. Como aquí en casa no dijiste ni una palabra al regresar, decidí guardar el secreto.
Peel se irguió en su silla, recuperando su habitual compostura.
—No hay nada que agradecer, Betty. Solo cumplía con mi deber. Estoy en esta casa para protegerlos a todos.
—¿Cómo? —¿Qué estás diciendo? —saltó Agatha, indignada—. ¿Qué clase de tontería es esa?
—No es ninguna tontería, Agatha. Es la realidad —sentenció él con una frialdad que les heló la sangre—. Y espero que todas sepan guardar el secreto, por su propio bien y, sobre todo, por el de la joven Helen.
Remedios palideció mientras procesaba las piezas del rompecabezas.
—Así que lo que dijo aquel tipo... lo del paquete... no era una invención. Es cierto.
—Es cierto, Remedios —admitió Peel—, aunque todavía no sabemos qué es exactamente ese "paquete".
Fue entonces cuando Remedios se inclinó hacia delante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de sospecha:
—¿Qué es usted, Peel? ¿Es de la policía... o acaso viene de Scotland Yard?
—Soy guardaespaldas —sentenció Peel, con una naturalidad que heló el ambiente—. Me contrataron específicamente para proteger a la señorita. Ahora que lo sabéis, espero que todo siga como antes entre nosotros.
Peel se recostó ligeramente en su silla, observando las caras de estupefacción. Se fijó en Betty, que parecía procesar la información a toda velocidad.
—Te conozco, Betty. Sé lo que estás pensando: «¿Qué hacía el mayordomo en ese callejón precisamente esa noche?». Para saciar tu curiosidad: cuando tu novio vino a buscarte, noté que aquel coche negro arrancaba tras de vosotros. Mi instinto se puso en alerta. Os seguí aprovechando la oscuridad y el amparo de las sombras. Cuando os vi entrar en aquel callejón, temí lo peor y me mantuve cerca, oculto en un portal para intervenir si era necesario.
Peel esbozó una brevísima sonrisa de reconocimiento antes de añadir:
—Por cierto, Betty... tu novio es un hombre muy fuerte.
—¡Desde luego! —exclamó ella, recuperando el aliento con orgullo—. Practica lucha libre.
—Menos mal que tu novio sabe encajar los golpes —añadió Peel con una mueca seca—. Y suerte que no sacaron armas de fuego. Pero hiciste mal en no marcharte, Betty; si yo no hubiera estado allí, las cosas habrían acabado de forma muy distinta.
En ese instante, un chasquido metálico y una luz roja en el panel de la cocina interrumpieron la confesión. Alguien llamaba desde el dormitorio de Helen. Peel reaccionó con la precisión de un resorte:
—¡Es la señorita! Betty, sube a ver qué necesitan. ¡Y ni una palabra de esto!
—No se preocupe, soy una tumba. No sabrá nada por mí, lo prometo.
«Eso ya lo veremos», pensó Agatha para sus adentros mientras le ordenaba preparar una bandeja para dos; estaba segura de que Sharon no se habría movido del lado de Helen.
Betty cumplió la orden a rajatabla. Al entrar en la habitación, encontró a las dos jóvenes sentadas entre las sábanas.
—¡Qué bien! Gracias por el servicio doble, Betty —dijo Helen, mientras la criada posaba la bandeja sobre la mesilla—. Pero te veo decaída... ¿te ocurre algo?
«¿Cómo es posible que lo note tan rápido?», se preguntó Betty, sintiendo un sudor frío.
—Todo está bien, señorita —respondió, sin mucha convicción.
—¿"Todo" qué? —insistió Helen con una sonrisa pícara—. ¿Te refieres a Freddy y a ti?
Betty suspiró aliviada. Si la señorita pensaba que era un asunto de faldas, mejor dejarlo así.
—A eso me refiero, sí. Somos muy felices, aunque me gustaría tener más días libres para estar con él.
Pero Helen no era fácil de engañar. Se cruzó de brazos y la miró fijamente.
—Sé que me ocultas algo, Betty.
—¿Qué podría saber yo que le interesara a usted, señorita? —intentó defenderse ella.
—Si no fuera porque frunces el ceño cada vez que me guardas un secreto, querida Betty, te creería. Anda, cuéntanos qué está pasando de verdad.
—Creo que no es más que una broma de alguien con ganas de enredar —comenzó Betty, tratando de recuperar la compostura—. Recuerde que hace unos días me dio la tarde libre para ver a Freddy. Pues bien, cuando iba a su encuentro...
Betty hizo una pausa. Se sentía observada. Miró a Sharon y por un instante se distrajo con la extraña elegancia de la mujer, cuya presencia le resultaba vagamente incómoda, casi iridiscente bajo la luz de la mañana. Pero ya no podía dar marcha atrás. Helen la observaba fijamente, como si esperara que las palabras brotaran de las paredes de la habitación.
—Era un hombre alto —continuó Betty al fin—, de aspecto serio pero con una forma de hablar muy cordial... incluso atractivo, si me permite decirlo. Se acercó a mí con mucha cortesía y me preguntó si yo era la doncella de la señorita Helen Spencer, la hija de Lord Leonard.
Helen dejó la taza de té a un lado, intrigada.
—Asentí, por supuesto —prosiguió la criada—, y entonces él me indicó que tenía un mensaje para usted. Me aseguró que era algo que solo usted, señorita, sería capaz de entender.
—¡Bueno, Betty! ¿A qué esperas para soltarlo? ¡Tanto rodeo me pone nerviosa! —exclamó Helen, perdiendo la paciencia.
Betty tragó saliva, sintiendo el peso del secreto que aún guardaba bajo la lengua.
—Ya verá, señorita... El hombre me aseguró que se pondría en contacto con usted muy pronto y que debían tener listo «el paquete».
Helen arqueó una ceja y, con una frialdad que descolocó a la criada, se encogió de hombros.
—Si eso es todo, Betty, puedes retirarte. No tengo ni idea de qué hablas.
Betty asintió, aunque la confusión le nublaba el juicio. Había cumplido con su deber de entregar el mensaje sin desobedecer del todo a Peel —ya que no había mencionado la pelea ni la sangre—, pero sentía que se marchaba dejando una bomba de relojería en la habitación. Helen fingía desinterés, pero sus dedos jugueteaban nerviosos con la sábana.
Mientras tanto, un piso más abajo, la parsimonia británica saltó por los aires. Peel irrumpió en el despacho de Lord Leonard sin llamar, con la respiración contenida y el rostro encendido por la gravedad del asunto. El noble levantó la vista de sus informes, estupefacto ante tal falta de protocolo.
—¿Qué ocurre, Peel? ¿A qué viene esta entrada? —preguntó Lord Leonard, dejando la pluma suspendida en el aire.
—¡Lo que sospechábamos, señor! —exclamó Peel, dejando el micrófono roto sobre el escritorio—. Siguen al servicio... se lo metieron a Remedios en la cesta de la compra. Ella lo destrozó, pero es la misma tecnología que encontramos en el salón. Estoy decidido a averiguar quién mueve los hilos, aunque los informes externos siguen en blanco.
Lord Leonard suspiró mientras se masajeaba las sienes con cansancio.
—Quizá el desenlace de esta noche nos arroje la luz que tanto necesitamos, Peel.
—¿A qué se refiere exactamente, señor?
—Helen y Sharon cenarán con dos caballeros —respondió Leonard con una media sonrisa—. Y uno de ellos es, nada menos, que un inspector de Scotland Yard.
—Tengo mis reservas, señor... —Peel comenzó a recoger el micrófono destrozado con la mano enguantada como si fuera un insecto muerto—. Mis contactos en los bajos fondos no guardan simpatía alguna por Scotland Yard. Me preocupa que, al abrir la puerta a la ley, las jóvenes queden expuestas a una investigación que escape de nuestro control.
—Ha llegado el momento de confiar en los demás, Peel —el señor suspiró, clavando la mirada en los cables retorcidos que aún colgaban de la mano del mayordomo—. ¡Aceptar ayuda no es una derrota, es una estrategia!
Peel asintió, aunque el gesto le pesaba en los hombros.
—Señor, yo también he tenido que mover ficha. Mi anonimato entre el servicio se ha quebrado; Betty me descubrió la otra noche, cuando tuve que intervenir para sacar a su novio de un aprieto.
—¿Confías en ellas para un asunto de este calibre, o nos estamos excediendo? —preguntó Lord Leonard, clavando su mirada en él.
—Descuide, señor. Pondría la mano en el fuego por su fidelidad. Es el momento de que nos demuestren que son capaces de estar a la altura de las circunstancias.
Lord Leonard guardó silencio, sopesando la apuesta de Peel. Finalmente, bajó el tono de voz.
—Está bien. Dime una cosa: ¿sabes qué le dijo ese hombre a Betty?
—Al parecer, el mensaje era directo: «Nos pondremos en contacto pronto; prepara el paquete». ¿Sabe usted, señor, a qué se refería con eso del paquete?
—No tengo nada más que decirte, Peel —sentenció Lord Leonard, poniéndose en pie—. Ya veremos qué ocurre esta noche. A partir de ahora, extrema las precauciones al seguir a las señoritas; mantén los ojos bien abiertos. Me retiraré a mi habitación a trabajar; no quiero que nadie me moleste.
Peel asintió en silencio y abandonó el despacho. Al llegar a la cocina, se encontró con Agatha a solas. La mujer lo midió con la mirada antes de soltar un suspiro cargado de ironía.
—¡Vaya, hombre! Me equivoqué de medio a medio con usted, si es que ese es su verdadero nombre.
—Efectivamente, Agatha. Peel es mi nombre real.
—He vivido con el corazón en un puño por Helen —confesó ella, dejando un paño sobre la mesa—, y ahora resulta que tenía un guardaespaldas pegado a los talones. ¿Lleva mucho tiempo en esto?
—Desde que regresó de su viaje a España. Me contrataron para asegurar su integridad y decidimos que lo más eficaz era infiltrarme en el servicio como mayordomo.
Agatha bajó la cabeza, algo avergonzada.
—Y pensar que le he hecho la vida imposible desde que llegó...
—No se preocupe —respondió Peel con una nota de calidez inédita—. Lo entiendo. Usted es la ama de llaves; de pronto le quitan responsabilidades y, para colmo, un extraño ocupa el lugar que antes tenía su marido. Comprendo perfectamente su incomodidad.
—¿Alguna vez me perdonará por todo lo que le hice pasar? —preguntó Agatha, con una nota de arrepentimiento que rara vez se permitía mostrar.
Peel le dedicó una inclinación de cabeza, casi solemne.
—Todo olvidado, Agatha. Agua pasada.
La mujer se acercó un paso más y bajó la voz; la rigidez de ama de llaves se desvaneció para dar paso al tono de una madre.
—Dígame la verdad, ahora que estamos en confianza... ¿Qué le pasa a mi niña? ¿En qué lío se ha metido Helen?
Peel suspiró, dejando que la fatiga asomara por un segundo en sus ojos.
—Esa es la pregunta que le quita el sueño a Lord Leonard. No lo sé con exactitud. Mis vigilancias confirman que un coche negro no le quita el ojo de encima, y he detectado otros vehículos camuflados que rotan para no llamar la atención. Son profesionales, Agatha. Pero todavía no he podido averiguar quiénes son... ni qué demonios pretenden conseguir de ella.
—¿Y se encuentran ese «paquete» del que hablaba Betty? —preguntó Agatha, con la inquietud grabada en el rostro.
—Es posible —admitió Peel—, pero la única que tiene la respuesta es la señorita.
—Pes iré a hablar con ella para ver qué puedo sonsacarle.
Peel la detuvo con un gesto severo.
—Mi deber es pedirte que no te entrometas, Agatha. Recuerda la reprimenda que te llevaste cuando enviaste aquel telegrama a Sharon sin consultar. Aun así... comparto tu curiosidad. Solo te pido que seas cauta. No preguntes directamente; espera a que ella hable. Si guarda silencio, no insistas.
—Una reprimenda no va a detenerme —replicó ella con firmeza—. Subiré a recoger el servicio y, de paso, soltaré un par de indirectas. Ya veremos qué pesco.
Agatha entró en la habitación justo cuando Sharon le decía a Helen en un susurro cargado de veneno:
—Tu terquedad va a provocar una desgracia.
Agatha dejó la bandeja con un ruido seco, rompiendo el momento.
—¿Podría saber a qué desgracia se refiere Sharon, Helen? —preguntó ella, con una calma inquisidora—. ¿Tiene algo que ver con ese coche frente a la puerta? Me resulta extraño que se haya puesto de moda vivir en un auto, en plena calle.
—¡Caramba! No me había dado cuenta... ¿Tú lo habías visto? —balbuceó Helen, intentando sonar casual.
—Es mejor que no contestes, Helen —la cortó la ama de llaves—, porque presiento que no vas a decirme la verdad. Sabes que soy como una madre; cuando te pasa algo, lo huelo. Sé que no has quitado el ojo a ese coche ni un segundo. ¿Qué quieren de ti esos hombres?
—No tengo ni idea de qué estás hablando —respondió Helen, aunque sus ojos seguían fijos en el cristal de la ventana, perdidos en el vacío.
—Ojalá pudiera creerte —suspiró Agatha—. Confía en mí, sabes que estoy aquí para escucharte y ayudarte en lo que necesites.
Agatha permanecía rígida junto a la ventana, como un centinela, hasta que Helen se acercó y la apartó con un gesto cargado de ternura.
—Nanny, sabes que te quiero muchísimo —le dijo Helen con suavidad—, pero por favor, no te angusties así. ¡Escucha! Te prometo que, cuando volvamos de cenar, me sentaré contigo y te contaré todo lo que quieras saber. En cuanto a los tipos del coche... de verdad, no sé quiénes son ni qué pretenden.
Agatha clavó entonces su mirada en Sharon, exigiéndole en silencio una explicación que pusiera luz a tanto misterio. Pero no obtuvo nada; la invitada parecía tan desconcertada como la propia Helen.
—Entonces —sentenció Agatha, soltando un as en la manga—, el asunto queda en manos de Peel. Esta misma noche se encargará personalmente de ir a hablar con ellos... o de llamar a la policía.
Agatha sabía de sobra que Peel no daría un paso en falso sin órdenes, pero quería ver cómo reaccionaban. Si las chicas no soltaban prenda, quizás el miedo al mayordomo lo haría.
—¡Vaya! —exclamó Sharon con una pizca de ironía—. Qué valiente nos ha salido el mayordomo.
—No te burles, Sharon —cortó Helen con un tono inusualmente severo—. Peel es un hombre serio; si Agatha dice que va a intervenir, me parece bien. Quizá así esos tipos se larguen de una vez por todas.
Sin esperar respuesta, Helen caminó con paso decidido hacia el armario, arrancó un vestido de la percha y se encerró en el baño. Apenas unos segundos después, su voz resonó desde el interior, cargada de una autoridad que no admitía réplicas:
—¡Prepárate, Sharon! ¡Nos vamos! Necesito aire fresco, Hyde Park... lo que sea. Siento que estas cuatro paredes se me echan encima; me asfixio aquí dentro.
Sharon alzó las cejas, sorprendida por el arrebato de su amiga.
—¡Está bien, mujer! Iré a cambiarme.
Se giró hacia el ama de llaves con una sonrisa forzada antes de salir de la habitación.
—Lo siento, Agatha, pero los planes han cambiado. Seguiremos hablando... en otro momento.
Tras la marcha de Sharon, Agatha se sintió confundida; no había logrado nada, el asunto parecía realmente serio. Se quedó sola en medio del dormitorio, con el eco de las palabras de las jóvenes y el presentimiento de que, en lugar de aire fresco, lo que iban a encontrar en Hyde Park era un peligro mucho mayor.
El trayecto hasta Hyde Park transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el rugido del motor. Una vez estacionaron, Sharon contempló el paisaje grisáceo con una mueca de desdén.
—¿Qué sería de Londres sin sus parques? —murmuró Sharon sin esperar respuesta—. Es una ciudad tan poco agraciada...
—Londres no se diseñó para la belleza, como París o Roma —respondió Helen mientras caminaban—, sino para el comercio. Nuestra arquitectura es sobria, casi utilitaria, pero mientras nos queden oasis como este, podemos darnos por satisfechas.
Se acercaron al área de los oradores, donde los charlatanes y predicadores se desgañitaban sobre sus tarimas de madera. Helen se detuvo a escuchar un instante.
—No andan desencaminados —continuó ella—. Analizan las grietas que nos llevaron a la Gran Guerra del 14 y auguran que ya está germinando una todavía peor.
—No seas trágica —la interrumpió Sharon—. Yo tengo fe en nuestros políticos. ¿Acaso tú no?
Helen soltó una risa seca, carente de alegría.
—¡No, Sharon! Muy pocos cuentan con mi beneplácito. Su política hace aguas por todos lados, como un calcetín viejo. Están más preocupados por sus sillones que por el destino del pueblo; para ellos, solo somos corderos esperando el turno del sacrificio.
—Vaya... deberías subirte tú también a una plataforma y dar un discurso sobre tu inconformismo —ironizó su amiga.
—No tengo vocación de mártir, Sharon. Les dejo ese trabajo a mi padre y a sus colegas del Parlamento. Pero que no sea política no significa que sea ciega a lo que nos rodea... como pareces serlo tú.
—¡Está bien, mujer! No voy a discutir de política contigo. Caminemos y disfrutemos de la naturaleza.
Helen no respondió. Se dejó caer en el primer banco libre, absorta en el murmullo de las damas distinguidas que se mezclaba con los gritos ininteligibles de los mítines. Tenía la certeza de que la cena de esa noche marcaría un punto de no retorno en su vida. Mientras otros hacían oídos sordos a los nubarrones de guerra, aquellos oradores callejeros daban voz a una verdad incómoda.
Miró de reojo a Sharon y se preguntó en qué bando encajaría ella cuando todo estallara. «Espero estar equivocada», pensó Helen con un escalofrío. «De verdad espero estarlo».
Sharon, ajena a la gravedad del momento, extendió su pañuelo sobre la hierba con delicadeza y se sentó sobre él. No era fatalista; los discursos de los charlatanes le resbalaban como la lluvia. Ella prefería habitar en sus sueños quiméricos y sus ideales utópicos. Sin embargo, algo rompió su burbuja: la punzada de sentirse observada.
Discretamente, Sharon buscó la mirada de Helen y señaló con un leve gesto de cabeza hacia un banco a su derecha. Allí, dos hombres las observaban con una fijeza gélida. La agradable belleza del parque se marchitó al instante.
—Vámonos de aquí —instó Sharon, poniéndose en pie de un salto.
Caminaron a paso lento, fundiéndose entre la multitud pero sin separarse ni un centímetro, sintiendo el peso de aquellas miradas en la nuca. Una vez a salvo tras el blindaje de las puertas del coche, Sharon estalló:
—¡Helen, no puedo más! Tenemos que actuar. Voy a enfrentarme a ellos ahora mismo y averiguar qué demonios quieren.
—No te impacientes —la frenó Helen, manteniendo la calma—. Esperaremos a que anochezca. Habrá tiempo para lo que tengas que decir, pero no ahora. Si tuvieran el más mínimo interés en hablar, ya se habrían acercado.
—Me gusta sentirme libre —protestó Sharon, apretando los puños sobre el volante—. Saber que cuando salgo de casa soy una persona corriente, sin que nadie intente intimidarme.
Helen no respondió; se limitó a accionar el pestillo del coche, asegurándolo con un chasquido seco. Sabía que la libertad era un lujo que, estaba a punto de agotarse.
—Lo que pides es un imposible, Sharon: negarse a la realidad —sentenció Helen mientras el coche devoraba la distancia hacia casa—. No puedes salir a la calle esperando que el mundo no te afecte; si lo hicieras, acabarías encerrada en ti misma, como me ocurrió a mí. No te deseo el infierno mental en el que yo habito.
Al cruzar el umbral de la casa, el silencio habitual había sido sustituido por un murmullo de voces graves. Betty apareció de inmediato para recoger sus abrigos y sombreros, colgándolos en el pesado perchero barroco del recibidor. Con un gesto cómplice, les informó de que Lord Leonard no estaba solo; había visitas en la biblioteca.
Helen y Sharon intercambiaron una mirada eléctrica. «Vienen a por el manuscrito», pensaron al unísono.
Entraron en la biblioteca, donde el aroma a cuero y tabaco flotaba en el aire. Lord Leonard, apoyado con elegancia en su bastón de empuñadura de marfil, permanecía junto a la chimenea observando cómo las ramas de roble se consumían entre chispas y resplandores. En el sofá, un hombre y una mujer de porte aristocrático sostenían sendas copas de Oporto, charlando con una confianza que denotaba años de trato.
Al ver a su hija, Lord Leonard se irguió, recobrando su impecable compostura.
—Lo siento, querida. No te avisé de que tendríamos compañía; pensaba que almorzarías fuera —se disculpó, aunque sus ojos escudriñaban la reacción de Helen—. Permíteme presentarte a mis invitados: la señorita Margaret Bondfield y el señor Clement Richard Attlee, líder del Partido Laborista.
—Es un placer conocerles —respondió Helen, dibujando una media sonrisa de cortesía.
—El placer es mío, señorita Spencer —repuso Clement Richard Attlee mientras le estrechaba la mano. Era un hombre de rasgos enjutos, con un bigote castaño bien recortado y una calvicie que le daba un aire profesoral; de hecho, parecía más un erudito de despacho que un líder político. Sin embargo, tras sus gafas, sus ojos claros observaban con una precisión gélida. Su autoridad no residía en el volumen de su voz, sino en un silencio pausado, solo interrumpido por el rítmico chasquido de su pipa, que manejaba con la parsimonia de quien dispone de todo el tiempo del mundo para tomar la decisión correcta.
Junto a él, la señorita Margaret Bondfield destacaba por una belleza curtida, de baja estatura, pero con una presencia que llenaba la habitación y un aire levemente masculino que delataba una vitalidad inagotable. Su voz, cálida y profunda, llenaba la estancia. Clement desvió entonces su expresivo rostro hacia el dintel de la puerta, donde Sharon permanecía apoyada, observando la escena.
—Y usted, señorita... Temo que no hemos sido presentados —aventuró Clement, sosteniéndole la mirada.
—Discúlpeme, qué descuido por mi parte —intervino Helen de inmediato—. Le presento a la señorita Sharon Hunter; nos honra con su compañía esta temporada.
—Un ángel, sin duda. Es un placer, señorita Hunter —murmuró él con una inclinación.
—Es usted muy amable, señor Richard —respondió ella, acompañando sus palabras con un leve y medido cabeceo.
Helen, detectando que el ambiente se volvía demasiado denso, intentó cortar la reunión:
—Siento que tengamos que dejarlos ahora que la charla se animaba, pero imagino que tienen asuntos pendientes...
No terminó la frase. Peel entró en la biblioteca con una reverencia casi imperceptible, escoltando al Conde de Bewdley, Stanley Baldwin, el ex primer ministro. Su sola presencia era la personificación de la respetabilidad: de hombros anchos, rostro rubicundo y una mirada que transmitía la paz del campo inglés. Era el tipo de hombre que jamás daría un disgusto a su esposa; amable y buen padre, pero con una parsimonia que en esos tiempos de amenaza de guerra se antojaba carente de ese fuego que acelera el pulso.
—¡Conde de Bewdley! ¡Qué alegría que haya venido! —exclamó Helen con entusiasmo sincero.
—Siempre es un placer volver a esta casa, querida Helen —dijo Stanley con voz pausada—. Desde que dejé Downing Street no he tenido muchas ocasiones... Nos has sido de gran utilidad durante mucho tiempo.
—No se lo crean —bromeó ella—, no estaría aquí si fuera cierto.
—Tan audaz como de costumbre. ¿Saben? —dijo el Conde a los demás—. Con solo dieciséis años, Helen tuvo la valentía de señalarme mis propios errores. Me dijo que estaba demasiado absorto en minucias como para ver que Alemania extendía sus alas de buitre sobre sus vecinos. Creo, Margaret, que si la entrenáramos, sería la gran dama política a la que todos temeríamos en el Parlamento.
—Soy enemiga acérrima de la ociosidad —añadió Margaret con firmeza—. Me agrada ver espíritus renovadores en nuestras filas.
—Se lo agradezco, señorita Margaret —concluyó Helen—, pero la política se la dejo a ustedes. Aun así, cuenten conmigo para cualquier cosa que aporte estabilidad y progreso al Reino Unido. En eso, siempre estaré a su disposición.
—Y ahora que me fijo... ¿Quién es esta belleza? —preguntó el Conde, volviendo su atención hacia la joven que aguardaba junto a la puerta.
—Una amiga de la familia, Stanley: la señorita Sharon Hunter.
—¡Encantado, señorita Hunter! —exclamó él, entornando los ojos como si buscara un archivo en su memoria—. Hunter... Hunter... ¡Ah! Conozco a su padre; ¡es un arquitecto magnífico! Por cierto, ¿cuándo piensa regresar a Inglaterra?
—No tienen intención de hacerlo, señor —respondió Sharon con cortesía—. Se sienten muy cómodos con su nueva vida.
El Conde asintió, aunque se percibía una sombra de decepción en su rostro.
—En ese caso, cuando regrese a casa, dele mis saludos. Anímelo a que vuelva a Londres y venga a verme. Necesitamos hombres inteligentes como él en estos tiempos.
—Me temo que le gusta demasiado su trabajo en Washington —repuso Sharon—. Goza de gran prestigio allí; ha realizado proyectos para la Casa Blanca y no me sorprendería que terminara dedicándose a la política. Al parecer, ya ha trasladado todas sus pertenencias desde su antigua residencia en Roma.
—Es una lástima —suspiró el Conde—. Pero cada uno elige su destino. En cualquier caso, hágale saber que lo recordamos.
Helen, sintiendo que la red de conexiones se volvía demasiado estrecha, intervino para liberar a su amiga:
—Si nos disculpas, Stanley, estábamos despidiéndonos de los caballeros justo cuando llegaste. Os dejaremos a solas para que continuéis con vuestros asuntos de Estado.
—¡Un momento! —la detuvo el Conde con un gesto autoritario pero amable—. No te quitaré mucho tiempo, querida. Entiendo que hoy tienes una cita de suma importancia con Walter Gallichan y Edwin T. Woodhall.
Helen sintió que el aire de la biblioteca se volvía gélido. Aquellos no eran nombres de simples invitados; eran hombres que cargaban con el peso de los secretos más oscuros de Scotland Yard.
—Intuyo que mi padre no te oculta nada, Stanley —replicó Helen con una calma gélida—. Es cierto: Gallichan y Woodhall serán nuestros acompañantes esta noche.
Clement Richard se inclinó hacia delante, con los ojos brillando de curiosidad.
—Qué interesante, ¿hay alguna intriga? —preguntó Richard.
—¿Por qué tendría que haberla, Clement? —soltó Helen. La pregunta quedó suspendida entre ambos, pesada como un veredicto. Margaret Bondfield rompió el silencio con una risa seca, un chasquido de incredulidad que cortó el aire.
—Sé de buena tinta que Woodhall no suele cenar en compañía femenina. —terció Margaret, clavando la mirada en Helen—. Todos sabemos lo mucho que se violenta en nuestra presencia; lo digo por experiencia propia.
Hizo una pausa deliberada, dejando que su escepticismo llenara el hueco.
—Se pone muy nervioso, por lo cual me extraña que aceptara cenar en compañía femenina. ¿Acaso es una orden directa del Alto Comisario, como fue mi caso, o es que están bajo investigación? ¿Cuál de las dos, señoritas?
Sharon, lejos de amilanarse, sostuvo el envite con una sonrisa audaz:
—Quizá haya oído que somos la cura para su timidez. O simplemente aceptó porque su amigo Walter se lo pidió.
—¿Conoces a Gallichan? —preguntó Margaret, arqueando una ceja.
—Perfectamente, señorita Bondfield. Es un hombre de mi entera confianza y, para más señas, un caballero impecable.
Clement Richard asintió, dando un sorbo a su Oporto.
—Es bueno que piense así, señorita Hunter. Ese hombre siempre nos ha resultado... extremadamente útil.
—Bueno, ahora que su curiosidad ha sido satisfecha —sentenció Helen con una elegancia gélida—, nos retiraremos. Les deseamos una agradable tarde.
En cuanto la pesada puerta de la biblioteca se cerró tras ellas, el ambiente se volvió denso y profesional. Clement Richard dejó su copa de Oporto y clavó la mirada en su anfitrión.
—Leonard, volvamos al asunto que nos ha traído hoy aquí —dijo Clement con voz grave—. ¿Has descubierto ya qué es lo que tanto nos preocupa de tu hija?
—Ya os lo dije: está pasando por un mal momento —respondió Lord Leonard, esquivando la pregunta.
Margaret Bondfield soltó una risa escéptica mientras se ajustaba los guantes.
—Nadie lo diría, Leonard. No parece estar tan "afectada" como sugieres. Al contrario, se la ve más aguda que nunca.
—Puede que te parezca inverosímil, Margaret, pero para mí también lo es —admitió Lord Leonard, apoyándose con cansancio en su bastón—. Y respecto a esa sospecha de si transportó desde España algo que no le pertenecía... no me ha contado nada. Tampoco creo que se lo haya confesado a su amiga; de ser así, Sharon me lo habría dicho.
Clement se levantó, dando por terminada la reunión.
—Esperamos que nos mantengas informados si descubres algo, Leonard. Por tu bien y el de todos. Ahora, si nos disculpas, Margaret y yo tenemos mucho trabajo por delante. Nos vemos mañana en el Parlamento. ¡Ah! Y felicita a tu cocinera; el refrigerio estaba exquisito.
Lord Leonard llamó al mayordomo, quien ayudó a los invitados con sus abrigos y los escoltó hasta el coche que aguardaba en la entrada. Una vez que el eco de los motores se desvaneció, el silencio de la biblioteca se volvió asfixiante. Stanley se volvió hacia su viejo amigo con una mirada que no admitía más rodeos.
—No vas a decirme lo mismo que a ellos, Leonard —sentenció el conde—. Conozco a tu hija. Sé que es perfectamente capaz de traer ese paquete, esconderlo y entregarlo cuando le plazca. ¿Qué fue lo que la impulsó a hacernos el favor de introducirlo en el país?
—No te equivoques, Stanley —replicó Leonard con voz sombría—. Helen no le hizo un favor a nadie más que a nosotros y a la Corona británica.
Stanley suspiró, apoyando las manos en el respaldo de un sillón de cuero.
—Leonard, sabes que siempre he confiado en ti y valoro tu lealtad por encima de todo, pero mi visita no es una cortesía social. Chamberlain me ha llamado personalmente; sabe que eres mi colaborador más fiel y está nervioso. Los españoles nos están estrechando el cerco. Insisten en que el paquete lo trajo tu hija y exigen su devolución inmediata.
El conde se inclinó hacia delante, bajando la voz.
—Nos amenazan con abandonar su neutralidad y apoyar abiertamente a Alemania. Entenderás que, en el clima actual, eso es algo que no nos podemos permitir. Sería el desastre.
Lord Leonard guardó silencio, perdiendo la vista en el rescoldo de las brasas antes de hablar.
—Lamento las implicaciones, Stanley, pero te diré lo mismo que a él: ¿y si ella ya no lo tiene? —Su voz bajó de tono, cargada de una urgencia sombría—. ¿Qué demonios hacemos entonces?
—Scotland Yard la ha seguido desde que puso un pie en el puerto —reveló Stanley con gravedad—. Sospechan de sus contactos en España y saben que oculta información clasificada. Chamberlain me pidió que hablara contigo porque sabe que, si tú se lo pides, ella no podrá negarlo.
Lord Leonard suspiró, derrotado por la evidencia.
—Está bien. Es cierto. No lo niego: ella lo tiene.
—Dámelo, entonces. ¿Podrías entregárselo a Chamberlain?
—¡Es imposible! —exclamó Leonard—. Helen ni siquiera me lo ha enseñado. Dice que lo ha puesto a buen recaudo, en un lugar que solo ella conoce.
Stanley golpeó el suelo con su bastón, indignado.
—Tu hija está actuando con una temeridad absoluta, Leonard. Se está oponiendo frontalmente al Gobierno, y sabes perfectamente lo grave que es eso.
—No seas tan severo, Stanley. Cuando le sugerí entregarlo al consulado, ella temió que hubiera topos infiltrados. Cree que, si lo entrega allí, el paquete nunca llegará al alto mando español.
—No es tonta —admitió el conde—, pero debe dárselo al Primer Ministro.
—A mí no me escuchará. Tendría que ser el propio Chamberlain quien se lo exigiera en persona.
—Organizaremos un encuentro informal para no levantar sospechas —concluyó Stanley—. Pero dime... ¿sabes al menos qué contiene ese maldito paquete?
—Al parecer, se trata de un manuscrito y correspondencia privada.
—¡Vaya! Tanto estrépito por un montón de papeles viejos. Me marcho, Leonard, pero no lo olvides: prepara a Helen para lo que viene.
—Gracias por la visita, Stanley. Y la próxima vez, vuelve como amigo, no como mensajero de nadie.
Stanley abandonó la mansión y subió a su coche oficial. Apenas habían avanzado un par de calles cuando el chófer miró por el retrovisor con el ceño fruncido.
—Señor, un coche nos sigue desde que salimos de casa de Lord Leonard. ¿Quiere que intente despistarlos?
—¡No, Blak! Deja que nos sigan —ordenó Stanley con una calma gélida—. Dirígete directamente al número 10 de Downing Street, a la residencia del Primer Ministro.
Blak obedeció sin rechistar. Al detenerse frente a la famosa puerta negra, uno de los agentes de guardia se acercó al vehículo con paso firme.
—¿Le espera el Primer Ministro, señor? —preguntó, reconociendo de inmediato al pasajero.
—No exactamente —respondió Stanley—, pero me pidió que acudiera en cuanto tuviera noticias.
El agente entró en la residencia y regresó casi al instante, abriendo la puerta del coche con deferencia.
—El Primer Ministro Chamberlain le recibirá ahora mismo, Conde de Bewdley.
Antes de apearse, Stanley se inclinó hacia su chófer.
—Blak, regresa en quince minutos. Da un par de vueltas a la manzana y presta mucha atención a cada movimiento del coche que nos sigue. Quiero saber exactamente qué pretenden.
Blak asintió con gravedad y arrancó de inmediato mientras Stanley cruzaba el umbral del poder. Una vez en el despacho, Neville Chamberlain levantó la vista de sus documentos, visiblemente sorprendido por la rapidez de la visita.
—¡Vaya, Stanley! Veo que me traes noticias puntuales sobre el encargo que te hice —dijo Chamberlain, señalando una silla frente a él—. Supongo que no vienes con las manos vacías.
—¡En efecto! —confirmó Stanley—. Sus sospechas eran certeras: Helen trajo el paquete de España.
—¿Lo has visto? ¿Qué contiene exactamente? —inquirió Chamberlain, inclinándose sobre su escritorio.
—Ni siquiera Leonard lo ha visto, señor. Ella se lo oculta. Al parecer, solo ha confesado que se trata de un manuscrito y correspondencia privada.
Chamberlain golpeó la mesa con impaciencia.
—Leonard tendrá que convencerla de que nos lo entregue.
—Lo dudo. Conociéndola, no cederá fácilmente. Su actitud es enigmática; teme que el consulado español esté comprometido y que la información nunca llegue a manos limpias.
—¿El cónsul bajo sospecha? ¿Incompetencia o traición? —Chamberlain frunció el ceño—. Es una acusación grave.
—Tan grave como el hecho de que me hayan seguido varios hombres desde que salí de casa de los Spencer —añadió Stanley—. Alguien tiene mucho interés en que esos papeles no lleguen a usted.
Chamberlain guardó silencio un instante, procesando la magnitud del problema.
—Hablaré con el Alto Comisionado para que la investigación prosiga.
—¿No sería más sencillo pedírselo directamente a la señorita Spencer? —sugirió Stanley—. Es una mujer razonable y siente una verdadera admiración por usted. Si organiza una reunión informal e invita a Leonard, a su hija y a la señorita Sharon, estoy seguro de que ella le entregaría el manuscrito sin preámbulos.
Stanley hizo una pausa antes de soltar el último aviso:
—Por cierto, Clement Richard y Margaret Bondfield estaban allí husmeando. Se marcharon sin estar convencidos de las negativas de Leonard. Necesitamos su apoyo, y sus informantes son los mejores de Londres.
Chamberlain suspiró, asumiendo el envite.
—Consideraré su sugerencia, Stanley, aunque detesto estar a merced de las circunstancias. Necesitamos que España se mantenga neutral si el conflicto con Alemania estalla. Debemos asegurar esa frontera a toda costa.
—Empiece por tranquilizar al embajador Jordana —concluyó Stanley—. Dígale que el paquete está localizado y que se le entregará en cuanto obre en su poder. Eso le ganará el tiempo necesario para entrevistarse con Helen.
—Buena idea. Gracias por el consejo, Stanley. Mantengámonos en contacto.
Tras una breve despedida, Stanley recuperó su bombín y subió al coche. Blak, que había regresado puntualmente, mantenía la vista fija en el retrovisor.
—¿Y bien, Blak? ¿Qué fue de nuestros amigos del coche negro?
—Nada, señor; salió detrás de mí, pero al dar la vuelta a la manzana se fue por otra calle. Solo querían marcar el territorio, señor. ¿A casa ahora?
—Sí, Blak. Hay mucho que procesar.
Mientras tanto, en el número 10 de Downing Street, el teléfono de Shaw, el Alto Comisionado, no dejaba de sonar.
—Shaw, sobre el paquete... Tenía razón —sentenció Chamberlain—. Stanley acaba de confirmar que Helen Spencer lo tiene.
—¡Maldita sea! ¡Entonces Arthur nos engañó y se burló de mis hombres en sus narices! —rugió Shaw.
—Eso parece. Stanley sugiere que hable con ella personalmente. ¿Qué opinas?
—Es una buena idea, aunque tengo entendido, por lo que me ha dicho Veil, que Woodhall cena esta noche con unas señoritas y el periodista Gallichan. Creo que podríamos esperar y ver qué sucede, porque me da el presentimiento de que una de ellas es la hija de Lord Leonard.
—¡Descubra lo de Woodhall con esas señoritas!
—Si se trata de Helen, en el momento en que sepa su nombre se acordará del caso y pondrá en marcha su olfato de sabueso. No olvide, Arthur, que es uno de los mejores investigadores.
—Entonces esperaremos para ver qué pasa.
—Es lo mejor, Arthur; ya te comunicaré lo que acontezca.
Shaw colgó el teléfono. Se quedó como abstraído, pensando en lo que podría suceder. Mientras tanto, en la mansión de los Spencer, el tintineo de las tazas de porcelana marcaba la hora del té. Lord Leonard observaba a su hija con una mezcla de orgullo y temor.
—¿Qué chismorreáis? —preguntó Lord Leonard.
—De esa visita tan "oportuna" que has tenido, papá —respondió Helen, arqueando una ceja.
—Era una comida de trabajo pendiente, Helen. No podía cancelarla sin levantar sospechas; esos dos ya andan con la mosca detrás de la oreja.
—A mí me da el cuerpo que han venido por otra cosa —insistió ella, dejando la taza sobre el plato—. Todos te preguntan por el paquete, incluido Stanley. ¿Verdad?
Lord Leonard suspiró, rindiéndose ante la agudeza de su hija.
—No debemos subestimar a Clement y Margaret; tienen informantes en cada rincón de Londres y huelen la sangre. En cuanto a Stanley... venía de parte del Primer Ministro. Para mí, Helen, la seguridad de este país es lo primero. No lo olvides.
—No te culpo por priorizar al país, papá —admitió Helen. Sostuvo la mirada de su padre con una calma que empezaba a resultar inquietante—. Pero me pregunto qué es lo que busca realmente el Primer Ministro.
—Saber qué contenía el paquete y, sobre todo, quién te lo entregó —respondió Lord Leonard con firmeza.
—Así que era eso. ¿Le dirías que no lo tengo a mano?
Lord Leonard se removió en su asiento, escandalizado.
—¿Qué estás insinuando, Helen? ¿Acaso pretendes negárselo al mismísimo Primer Ministro?
—¡No, por Dios! —exclamó ella, con una chispa de rebeldía en los ojos—. Pero exijo que me lo pida él mismo, cara a cara. Solo entonces... ya veré. Necesito que me garantice que se cumplirá la voluntad de su verdadero dueño.
—¡Espero haberte entendido mal, hija! —tronó Leonard, incapaz de dar crédito a la audacia de la joven.
—No te preocupes, papá. Lo entenderás todo a su debido tiempo.
Sharon, que hasta entonces había permanecido en un discreto segundo plano, intervino con una sonrisa enigmática:
—Déjela, Lord Leonard. No hay nada que hacer con ella cuando se pone así; está decidida a seguir su propio camino.
Helen se puso en pie, alisándose el vestido.
—No tengo nada más que decir. Disculpadme, pero debo prepararme. El reloj no se detiene y la noche promete ser larga. Nos vemos en un momento, Sharon.
Helen abandonó el jardín y se refugió en su dormitorio. En el baño, el rumor del agua llenando la tina rompió el silencio de la estancia mientras ella vertía el contenido de un frasco de cristal tallado. Se despojó de sus ropas con lentitud, deteniéndose un instante frente al espejo para contemplar su propia figura, antes de sumergirse en la calidez del agua.
La espuma, densa y blanca, cubrió su cuerpo gradualmente. El vapor transportaba el aroma de las sales de lavanda, una fragancia que parecía disolver la tensión de sus músculos y la fatiga de su mente. Allí, en la penumbra del baño, el mundo exterior —los espías, el manuscrito y las presiones de su padre— parecía quedar al otro lado de una puerta infranqueable.
Tras el baño, se secó la piel con una toalla de hilo y aplicó un aceite de perlas con sutiles notas de salvia y menta. El frescor del perfume le devolvió la firmeza y la vitalidad necesarias para la noche que se avecinaba. Helen se sentía renovada, lista para enfrentarse al escrutinio de los mejores sabuesos de Londres.
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Me enfeitizais el alma,
gracias por estar siempre a mi lado.
Os quiero Abraixas.